yo que nunca tuve cuerpo para ella,
vino para quedarse,
después rugido del tiempo,
temblar la vida y marchar.
Así es del amor que sobrevuela
la imagen de un cuerpo,
una voz
que no precisa oído.
El gesto de la partida,
al fin de nuevo
cuerpo vacío,
más vacío
porque todo consigo se lleva
la sangre, la mentira,
el dolor.
No queda más remedio que rendir el cuerpo,
hincar la rodilla, bajar la cabeza,
y morir tranquilamente
como el que nunca ha venido.
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